La Pieza Pendiente
#024

Hasta no ver

Segunda parte del viaje con la IA de guía. Mi asistente tenía la cúpula del parlamento alemán cerrada por mantenimiento y, en otra conversación, mi cita para subir esa misma semana; fui a ver, el parlamento me contestó dos veces en un día y subimos igual. En el tren, una conexión de tres minutos la salvó un amigo real que toma ese tren, y el trámite obligatorio del hotel resultó un fraude que una llamada había cerrado desde agosto. Volví a pedirles la cuenta a los tres asistentes con el mismo método: se equivocaron igual, y lo que cambió fue cuánto me costó cada vez.

El ContrapesoDato DuroFalacia de la Herramienta


Llevábamos varios días poniendo a prueba a la IA con toda la intención, cada plan pasaba primero por uno de los tres asistentes, y así mi visita a uno de los monumentos más emblemáticos de Berlín terminó siendo el experimento. La cúpula del Reichstag es la cúpula de cristal del parlamento alemán: subes por una rampa en espiral, ves la ciudad completa y, por el hueco de en medio, el pleno. Entrar no cuesta, pero es un edificio de gobierno en funciones, así que no se llega y ya: se pide lugar con un formulario del servicio de visitantes y ellos contestan si hay. De esa cúpula llegué al lunes con dos versiones, y las dos del mismo asistente. Antes de salir de México me había dicho que cerraba por mantenimiento justo esa semana y que mejor subiera en fin de semana; ese lunes, ya en Berlín y en otra conversación, me explicó que la solicitud que yo había empezado esa madrugada era para el miércoles a las nueve de la mañana, en pleno cierre. Las dos con toda la seguridad, y ninguna de las dos conversaciones se enteró de la otra.

Así que fui a ver, y en este caso ver era terminar de llenar el formulario de las autoridades, el Bundestag, y esperar. Esa tarde pedí el miércoles a las nueve y en menos de quince minutos me contestaron que no, que no podían darme la visita como la pedí. En la noche la volví a pedir, quince minutos más temprano, y antes de dormirme ya tenía la confirmación. El parlamento me contestó dos veces en un mismo día, primero que no y luego que sí, y ninguna de las dos respuestas estaba en lo que el asistente creía saber. Subimos a la hora que decía la confirmación, en pleno “cerrado por mantenimiento”, y fue de lo mejor del viaje; de mantenimiento, nada a la vista. En mi casa lo decían más corto que yo: hasta no ver, no creer.

La semana pasada, en la primera parte de esta pieza, les dejé una regla para el plan que la IA propone: lo que saca de tus datos se revisa a mano, porque el original lo tienes tú, y lo que afirma sobre el mundo de hoy se checa en la fuente, antes de actuar. La segunda mitad del viaje fue ponerla en práctica a propósito, con los mismos tres asistentes en el bolsillo, y lo que cambió no fue la herramienta sino el orden: primero ir a ver, o preguntarle a quien ve ese lugar todos los días, y después caminar. Ya de regreso les volví a pedir a los tres la cuenta de la semana pasada, cuántas veces los corregí y cuánto costó cada error, para saber si esto cambió algo o nada más lo sentí. Va al final.

Pregúntale otra vez

vuelves a hacer la misma búsqueda y la lista coincide con la anterior a lo mucho en una de cada tres entradas, y 13 modelos se contradicen a sí mismos hasta casi una de cada cuatro veces: confirmar con el asistente no es comprobar, y esta semana la confirmación salió de otro lado →

Lo primero que me enseñó el experimento en la cúpula es que preguntarle otra vez no es comprobar. Antes lo sospechaba; esta semana salió una medición que confirma nuestra hipótesis. BrightLocal, una casa de posicionamiento local, hizo 200,000 búsquedas de negocios de a pie, cafés, tiendas, restaurantes, durante dos meses, en ChatGPT y en los dos modos de IA de Google, y midió algo muy simple: si el negocio que existe aparece en la respuesta. Google Maps lo nombra dos de cada tres veces; los asistentes, una de cada tres. Y cuando repites la misma búsqueda, la lista que te dan coincide con la anterior a lo mucho en una de cada tres entradas. La lista de döner de aquella noche, la que me dejó sin cenar, pudo haber sido otra lista con solo volver a preguntar, y las dos igual de seguras. Lo mide quien vende el remedio y mide visibilidad, no exactitud, así que el número sirve para dimensionar y para nada más.

Y esto no pasa solo con los mapas. Seis investigadores de la Universidad de Maryland tomaron las mismas preguntas, las reformularon sin cambiarles el sentido y se las hicieron a 13 modelos en cuatro pruebas estándar. La calificación promedio casi no se movió; lo que se movió fue la respuesta a cada pregunta concreta, y los modelos se contradijeron a sí mismos hasta en casi una de cada cuatro preguntas. Son preguntas de examen, no horarios de cafeterías, así que me sirve como mecanismo y no como medición de mi viaje, pero es mi cúpula en chiquito: el mismo modelo, dos preguntas parecidas, dos respuestas seguras. Pedirle que confirme es pedirle una segunda opinión al mismo señor. La confirmación tiene que salir de otro lado, y esta semana ese otro lado fue casi siempre alguien que sí estaba ahí ese día.

El jueves ni tuve que preguntar. Íbamos en el tren cuando, casi media hora antes de llegar, la ferroviaria me avisó al teléfono, en alemán, que la conexión estaba perdida: veníamos tres minutos tarde y teníamos tres minutos para cambiar de andén, y la app decía lo mismo. No abrí ningún asistente. Le escribí a un amigo real, de los que toman ese tren, y me contestó que ese regional casi siempre espera al tren grande, porque el grande casi siempre llega tarde. Le hice caso. Al bajar, el letrero de la estación ya lo daba por perdido, conexión ya no posible, busque una ruta alternativa, con el siguiente tren más de media hora después, y aun así corrimos por el andén con las maletas: éramos los últimos, y el tren nos estaba esperando. El dato del día, con una persona que responde por él, le ganó a la app, al correo y al tablero de la estación, y los tres decían lo contrario.

Mi hallazgo de la semana

para lo que el asistente nunca dijo no hay regla, y ahí me salvó la gente: un amigo que ya había ido, y una llamada de mi esposa en agosto que desarmó un trámite obligatorio que resultó ser un fraude →

Lo que la regla no cubre es lo que nunca le pregunté al asistente, y ahí me salvó la gente. La cena de cumpleaños, la última del viaje, seguía sin restaurante confirmado cuando salimos de México, y la resolvió un amigo de allá, oriundo de la zona: nos mandó a un lugar donde, según él, el chef de repostería llevaba nueve años siendo el punto de venta del restaurante, que en Alsacia no es poca cosa. Esos nueve años, el factor decisivo, no salen en ninguna reseña ni en la respuesta de ninguno de los tres asistentes.

Mi momento “ajá” fue desde mi correo. Al escribir la primera parte de esta pieza les pedí a los tres un reporte de la primera semana, y uno de ellos anotó como falla que nadie me había advertido de un registro previo obligatorio en el hotel de Estrasburgo, y me lo creí. Fui al correo a buscar ese registro, que es la mitad fácil de la regla: el original lo tenía yo. Lo único obligatorio que llegó a nombre de ese hotel fueron dos avisos de finales de agosto, uno en español y otro en alemán, mandados desde una herramienta de agendar citas, con dos números de reserva que no eran el mío y una “acción pendiente antes de su llegada”. Mi esposa llamó al hotel ese mismo día: no había que llenar nada. Al día siguiente el hotel mandó una alerta de correos fraudulentos. El registro no lo hice y todo funcionó. El asistente anotaba una omisión que nunca existió, y las dos citas falsas alcanzaron a colarse en mi calendario, entre las de verdad. Lo resolvió una llamada, tres semanas antes de que existiera el reclamo.

La cuenta, segunda vuelta

los tres asistentes con el mismo método: la tasa no mejoró, y aun así el error más caro pasó de costarme la noche a costarme un café, porque lo caro ya no se decidió con ellos →

Y ahora la cuenta, que es a lo que venía. La tasa no mejoró. El primero pasó de 8% de mensajes ligados a una corrección a 6%, tres correcciones en 47 mensajes. El segundo, de uno de cada seis que no salió a la primera a uno de cada cinco. Y el tercero volvió a decirme que no tiene contador ni cronómetro y que contara yo a mano en mi página de actividad, hasta que lo abrí en otra ventana y le pedí que la revisara él: ahí sí encontró más de 180 entradas del viaje en los once días que alcanzó a ver, con la advertencia de que ese registro guarda lo que yo escribí y no lo que él contestó. En el mensaje en que se negaba a contar me había recordado, como dato de alta prioridad que le pedí no olvidar, la ortografía de mi correo, y la escribió mal: lo que sabía de mí traía fecha y traía errata, como la Ana de la semana pasada, la esposa que uno de ellos me inventó.

Lo que sí se movió fue todo lo demás. Al primero le escribí la mitad de mensajes por día y pasé con él una hora en toda la semana, contra casi cinco la anterior. Mis aclaraciones subieron de 27% a 40%, porque le pregunté menos y lo acoté más. Y sus tres correcciones de la semana fueron sobre lo mismo: cafeterías que según él hacían café de filtro a mano y no lo hacían, incluida una que me volvió a recomendar al día siguiente de que le dije que no. Los que me leen desde la cafetera que pasó la aduana ya saben de mi debilidad por el café, y el filtrado a mano es algo especial para mí: de los errores baratos, es el que más me duele.

Ahí está el desenlace. En seis días la máquina fue la misma, se equivocó igual y con el mismo tono seguro, y lo que cambió fue qué le pregunté. Lo caro, la cúpula, el tren, la cena, el hotel, se decidió con el formulario del parlamento, con mi amigo y con una llamada, y al asistente le quedó lo barato, el café, la ruta, la palabra en alemán; por eso sus errores de esta semana fueron calcetines, de los que se cazan en un segundo o no importan. El error más caro de la semana pasada me costó la noche, cinco rondas, ocho nombres, veinticuatro minutos con hambre y dos locales cerrados a pie; el más caro de esta semana, un café. Eso era la propuesta de la semana pasada, separar las dos listas y ponerle a cada dato del mundo un costo y alguien que fuera a ver; la hice a propósito y esto fue lo que salió: la misma máquina, la misma tasa, y una cuenta que ya no duele, porque lo que dolía se lo di a la gente. El primero lo dijo mejor que yo, al reconocer la cafetería que recomendó dos veces: afirmé más de lo que podía comprobar.

Hasta no ver

La regla aguantó la calle, con una corrección que me cobró la cúpula: las cosas del mundo real se revisan antes de hacerlas, y se vuelven a revisar el día que las vas a hacer, porque hasta el parlamento cambió de opinión en una tarde, y lo revisado también trae fecha. Para la sala de juntas, a la práctica de la semana pasada, separar lo que sale de tus datos de lo que la máquina cree del mundo y ponerle a cada dato del mundo quién lo va a ver, le agrego dos cosas. Pedirle al asistente que confirme no cuenta, porque la segunda respuesta sale del mismo lugar que la primera; que el proveedor entrega en seis semanas se confirma con una llamada al proveedor, con fecha, y la firma quien la hizo. Y lo que llega marcado como obligatorio por un canal que no es el de siempre, un formulario, una invitación, un último paso antes de su llegada, se resuelve con una llamada, aunque traiga bien el nombre del proveedor, como traía el del hotel, y aunque tu asistente ya lo tenga en el calendario.

Quedamos en comparar, y ésta es mi mitad. La pregunta para el lunes es simple: de lo último que te propuso la IA, ¿qué fuiste a comprobar antes de usarlo, y qué usaste sin comprobar? Si ya lo hiciste, cuéntame qué cambió; si todavía no, esta semana escoge una sola afirmación y ve a ver. Hasta no ver, no creer. Y el libro ya está a la venta, en papel y en ebook.

Esa fue la pieza de esta semana.


— JP

#024 Pieza completa

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