Nada que declarar
Hace un par de semanas regresé de un viaje internacional con una maleta que llama la atención: una Pelican, una de esas cajas rígidas y herméticas que usan los fotógrafos para que su equipo sobreviva cualquier viaje, con espuma adentro para que nada se mueva. La mía no traía cámaras. Traía una cafetera seminueva, bien acomodada en la espuma donde normalmente van los lentes. Los que me conocen saben que el café es mi debilidad.
El problema empezó antes de despegar. En el mostrador de la aerolínea, todavía en el país de origen, me preguntaron qué traía. Expliqué. La maleta pasó sin comentario; la cafetera no: la persona del mostrador juraba que un aparato así no podía subir a la cabina, y yo estaba seguro de que sí. Tuvieron que llamar a un supervisor, que me dio la razón. Me despidieron con una profecía: “En México eso no se lo van a dejar pasar.”
En México ya no hay botón que apretar: caminas por el pasillo que anuncia “nada que declarar”, un agente te pregunta de dónde vienes y ahí mismo decide si sigues de largo o te toca inspección adicional. Me preguntaron, contesté, y seguí de largo con el nervio completo, sin que nadie abriera nada. No traía nada que declarar y aun así la revisión me tenía nervioso. El nervio venía de otra parte: de no saber si, con la maleta abierta, podría explicarlo todo sin trabarme.
Me volví a acordar de ese nervio estas semanas, preparando una sesión para un banco grande. Es un cliente: me dedico a dar estas sesiones, así que esta historia me conviene contarla, tenlo presente. El proceso para subirme a su escenario se pareció menos a una contratación y más a una aduana. De eso va la pieza de esta semana.
El banco que abre todas las maletas
cuatro inspecciones seguidas cuatro juntas donde normalmente basta una, y la que parecía puro trámite fue la que más valió →
Para una sesión normal, al cliente le pido una sola junta de una hora: el encargo. El material, después, lo desarrollo por mi cuenta. Esta vez fueron cuatro juntas: la de arranque y tres revisiones más, con la persona que me contrató, con Recursos Humanos, con el equipo de tecnología y con gente que llegó nada más a validar que lo que yo proponía se pudiera hacer de verdad. Después de cada una, su media hora de ajustes al material.
Lo notable es qué pidieron. En las primeras tres me pidieron sumar, no quitar: que el entusiasmo que despierta la inteligencia artificial se redirigiera a los procesos y protocolos que el banco ya tiene andando, para que la energía de la sala aterrizara en su operación y no en el aire.
La cuarta parecía el colmo del trámite: me sentaron a revisar junto con otro ponente, porque nuestros contenidos se parecían y querían coherencia entre sesiones. Resultó la mejor junta del proceso. El traslape era real, y terminé yo recomendando ajustes al material del otro: entre ellos, que la técnica de pedirle la fuente a la IA se combinara con el nivel de riesgo de la tarea, porque no toda respuesta merece la misma revisión. Los aceptaron. El revisado terminó de revisor, que es la mejor señal de que una revisión sirvió.
La cuenta no es gratis. Cuatro juntas con sus ajustes donde normalmente basta una hora, multiplicado por cada ponente y cada sesión que el banco contrata. Tratándose de un banco, sus procesos me dan confianza: así de serio quiero al que cuida el dinero. Y esa misma diligencia está matando la escala que yo había logrado con otras sesiones: adaptar en demasía cuesta exactamente eso, la capacidad de repetir. Las dos cosas son ciertas a la vez, y esa es la cuenta que conviene hacer en voz alta: qué compra el escrutinio, qué cobra, y cuándo conviene pagarlo.
Las maletas de los demás
la cuenta ajena casi cuatro de cada cinco ejecutivos no confían del todo en pasar una auditoría en 90 días, y ninguno de los 20 bancos grandes de la región publica cuánto le deja su IA en total →
Hay un número que dimensiona a los que no se revisan. Grant Thornton preguntó a cerca de 950 líderes de negocio en Estados Unidos, directivos y sus reportes directos en diez industrias, y casi cuatro de cada cinco (78%) reconocieron que no tienen plena confianza en que su organización pasaría una auditoría independiente de gobernanza de IA en 90 días. La gobernanza de IA es la maleta completa: qué sistemas corren, quién los aprobó, qué pasa si fallan. Y 90 días es un trimestre: nadie te pide abrirla en el mostrador, te dan tres meses de aviso. No están seguros de lograrlo ni así.
Grant Thornton bautizó esa brecha: le llama la brecha de prueba, la distancia entre lo que se invierte en IA y lo que se puede demostrar sobre ella. La firma vende justamente servicios de gobernanza y auditoría; pésalo al leer su encuesta. Aun descontando ese interés, la dirección del dato se sostiene. Y es una muestra estadounidense y multisectorial: el piso de la conversación, no un retrato de México.
La banca de nuestra región tiene su propio espejo. Evident, una firma que mide bancos (y que vende esas comparativas a los mismos bancos que mide), evaluó en julio a los 20 grandes de América Latina con 65 indicadores. Su pilar de transparencia dejó una foto curiosa: siete de cada diez publican casos de uso con resultados, más de la mitad revela cuántos casos tiene en producción, y ninguno de los veinte ha publicado la cuenta completa: cuánto le está dejando, o cuánto espera que le deje, todo lo que ha invertido en IA. Muestran la maleta abierta, enseñan lo que empacan, y el dato que un accionista querría ver sigue guardado. En la lista dominan los brasileños: siete bancos que concentran casi la mitad de los casos de uso con resultados reportados de los últimos dos años.
Y si esperabas que la ley pusiera orden en esta fila, te vas a quedar sentado: al cierre de esta edición, el proyecto de Brasil lleva más de un año en la cámara revisora sin dictamen, el de Chile sigue en el Senado desde octubre de 2025, y en México se han presentado 85 iniciativas federales de ley sobre IA desde 2023 sin que ninguna ley general llegue a la meta, según el conteo del Legal Tech Lab de la Universidad Anáhuac. El escrutinio que sí está llegando no viene del Congreso, sino del cliente que te revisa cuatro veces, del contrato, del área de riesgo. Igual que en el aeropuerto: la revisión que me frenó no fue la aduana que yo temía, sino un mostrador que ni tenía en el mapa.
La aduana, por cierto, sabe algo que vale para las cuatro juntas: no puede abrir todas las maletas, porque abrirlo todo mata la fila. Por eso existió años el botón del semáforo, y por eso el SAT lo jubiló de los aeropuertos grandes en 2019: el equipaje pasa completo por rayos X y solo se abre la maleta que el análisis de riesgo marca. El escrutinio que madura no es el que revisa más, sino el que sabe qué revisar.
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De largo
el lunes
Mi cafetera pasó de largo y la profecía del mostrador no se cumplió. El nervio, de todas formas, fue real, y de ahí salió la lección de esta pieza: la decisión de revisarte o dejarte pasar nunca es tuya. Lo que sí es tuyo es qué tan rápido puedes abrir la maleta y explicar cada cosa que traes. En el mostrador me tocó hacerlo y pasé, no porque el revisor supiera la regla, sino porque la sabía yo.
Esta semana me toca la revisión que falta: la de la sala, la única que no cita a junta ni manda observaciones, y que decide en vivo.
La pregunta para el lunes es la de la aduana: si mañana te sacan de la fila, si un cliente, un corporativo o un auditor te pide abrir la maleta de la IA de tu área, ¿cuánto tardas en enseñar qué corre, quién lo aprobó y qué pasa si falla? Son las tres preguntas para la sala de juntas, empacadas en una maleta, y la vara ya está puesta en un trimestre. Si en tu organización ya pueden contestarlas, cuéntame cuánto les costó llegar ahí. Y si no, empieza el lunes con la lista más corta: los sistemas de IA que ya corren en tu área, con el nombre de quien dijo que sí junto a cada uno.
Estar limpio y poder demostrarlo son dos cosas distintas. La aduana solo pregunta por la segunda.
Esa fue la pieza de esta semana.
— JP