El mínimo uso viable
Publicado en LinkedIn el 13 de mayo de 2026
El teclado que uso en la oficina está partido en dos. Una mitad para la mano izquierda, otra para la derecha, con un hueco en medio. Aprendí a escribir sin ver las teclas hace años y este teclado solo terminó de empujar la costumbre. Lo cuento porque hace unos días, sentado al lado de un colega en una junta, me tocó verlo teclear con dos dedos. Miraba el teclado entero. Se detenía a buscar cada letra. Lleva décadas usando esa misma herramienta, es su forma principal de meter información a la computadora, y nadie le enseñó nunca a usarla bien.
Esa es la regla vieja de la tecnología útil. Casi cualquier herramienta poderosa convive con un techo de adopción real mucho más bajo que el techo del que prometía. PowerPoint terminó siendo el editor de imágenes de muchas oficinas porque le sabemos quitar el fondo a un PNG en dos clics. Construir una presentación de verdad la mayoría todavía no la sabe armar. Excel se usa para llevar listas y pintar columnas, y el noventa por ciento de sus funciones no se abre nunca. El copy paste sigue siendo, para mucha gente, el único atajo de teclado que dominan en una suite que ofrece doscientos. La herramienta se compra entera. Se usa al mínimo que sirve para entregar el pendiente del martes.
A ese fenómeno quiero ponerle nombre, porque me parece que vamos a regresar a él durante los próximos años. Lo voy a llamar el mínimo uso viable, calcado del mínimo producto viable que usamos en producto y en startups. La idea del MVP de producto es lanzar lo más sencillo posible que ya entregue valor, para empezar a iterar con el mercado. El mínimo uso viable es el espejo del mismo principio en el lado del usuario. La menor inversión de aprendizaje que ya entrega un beneficio reconocible. Ahí muchos se quedan, y se quedan por buenas razones.
Visto desde el escritorio donde se decide, el mínimo uso viable es perfectamente lógico. La persona tiene veinte pendientes encima y un calendario que se movió tres veces esta mañana. El tiempo para sentarse a entrenar en una herramienta nueva compite con el tiempo para sacar el reporte de mañana. No hay incentivo formal para subir un escalón. A nadie le hacen una promoción por dominar todos los atajos de Excel ni le aplauden por aprender a montar una macro. Si encontraste la función que te resuelve el día, esa es la función que vas a repetir mil veces sin volver a explorar.
La diferencia esta vez es que la herramienta no se vende como una más en el catálogo. La inteligencia artificial se vende como cambio de paradigma. Los proveedores prometen, con razón o sin ella, que el techo de adopción esta vez va a ser distinto. La realidad de los primeros dieciocho meses cuenta la misma historia de siempre, solo que con cifras más altas.
Section y WalkMe publicaron en abril, vía Fortune, un cruce de encuestas que aterriza el punto. Cincuenta y cuatro por ciento de los empleados ignoró las herramientas de IA que su propia empresa contrató en los últimos treinta días. Otro treinta y tres por ciento nunca las ha abierto. Cerca de ocho de cada diez personas con acceso a la herramienta corporativa simplemente no la tocan. Y entre los que sí la tocan, el patrón se repite un escalón arriba. Goldman Sachs estimó este mes que la IA ahorra entre cuarenta y sesenta minutos al día al empleado que la usa con cierta destreza, pero ochenta por ciento de las empresas no ha logrado capturar ese ahorro en métricas operativas. La adopción individual y la captura organizacional viven en lados opuestos del cuarto.
De ahí sale la pregunta que me parece más interesante para esta semana, y no es la pregunta de moda. La pregunta de moda es si la empresa ya usa IA. La pregunta que importa, en el cuarto donde se decide, es en qué escalón te quedaste tú dentro de la herramienta que ya está pagada, y por qué. Hay una capa más fina debajo. No todas las interacciones con IA son la misma. Hay una que complementa lo que ya estás haciendo y te ayuda a escribir un correo más claro. Hay otra que da detalle y te genera la tabla que tú habrías tardado en armar. Hay otra que te hace pensar y te empuja a ver un argumento desde un ángulo que no habías considerado. Y hay otra que simplemente te saca del apuro y te resume el documento que no alcanzaste a leer. Cada una vale distinto en tu agenda. La pregunta de fondo es si te estás llevando el valor más alto que tu rol permite, o si te quedaste en la primera función que aprendiste cuando abriste la herramienta por curiosidad.
A veces el mínimo uso viable es la decisión correcta, y vale la pena decirlo en voz alta. Si una herramienta te entrega el ochenta por ciento del valor con el veinte por ciento del esfuerzo, pararte ahí no es flojera. Es asignación inteligente del tiempo. Cuando eso pasa, el mínimo uso viable tiene un nombre honesto y se llama good enough. La pregunta debajo, la que cambia el cuadro, es si tu good enough es elección o es default. Si después de probarla decidiste que el escalón siguiente no te paga la inversión, perfecto. Si nunca subiste el escalón porque nunca te enteraste de que existía, eso ya es deuda técnica personal. El mínimo uso viable por elección es estrategia. El mínimo uso viable por inercia, no.
Hay otra letra chica que se siente menos. La frontera de la herramienta se está moviendo más rápido que la mayoría de las adopciones individuales. Lo que el modelo no podía hacer hace seis meses ya lo hace decentemente hoy. El techo del que te conformaste el otoño pasado puede ser piso este verano. Quedarte con la función del primer día no es la misma decisión cuando la herramienta se actualiza cada trimestre. La curva no espera al que apostó a mantener su mínimo uso viable congelado, y la diferencia entre el que volvió a probar la herramienta hace dos meses y el que dejó de probarla en enero ya es visible en la calidad de los entregables.
Lo que va saliendo en estas semanas es un arco de preguntas. Hace dos semanas escribí sobre persuasion bombing (https://www.linkedin.com/posts/jos%C3%A9-pablo-canal-de-velasco-56138a28_hace-unas-semanas-se-sum%C3%B3-un-colega-nuevo-share-7456097701450145793-5pT0) y sobre cómo discrepar con la máquina se está volviendo la nueva competencia ejecutiva. La semana pasada escribí sobre el boleto impreso del aeropuerto y la pregunta de quién entra a la curva y quién espera a que la herramienta esté pulida. Esta semana la pregunta complementa a las otras dos. Si ya entraste a la curva y ya estás aprendiendo a discrepar con el agente, falta saber en qué nivel de la curva te quedaste. Tres preguntas que se contestan distinto y que, juntas, dibujan tu relación real con la herramienta esta primavera.
La pregunta concreta para el lunes es de tres líneas. Primero, escribe sin maquillaje cuál es el mínimo uso viable que ya tienes con IA en una semana cualquiera. Esa primera función que aprendiste y a la que regresas en automático. Segundo, escribe al lado el tipo de interacción que más valor te paga en tu rol esta semana: complemento, detalle, pensar o sacarte del apuro. Tercero, mira si tu uso actual coincide con el tipo que más debería estar ayudándote. Lo que aparezca en ese cuadro de tres líneas es, probablemente, la pieza que te falta esta semana.
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