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Hace dos semanas escribí sobre una pregunta que salió de la Morgan Stanley TMT Conference: What will our kids do?

Publicado en LinkedIn el 8 de abril de 2026


Hace dos semanas escribí sobre una pregunta que salió de la Morgan Stanley TMT Conference: “What will our kids do?”

La dejé abierta a propósito. Cada revolución tecnológica ha generado la misma ansiedad, y no tenía una respuesta que no sonara a consuelo barato.

Esta semana, hojeando el Scientific American de abril en un aeropuerto, me topé con algo que responde una parte de esa pregunta. No la de los empleos. La otra, la que nadie se atreve a hacer en voz alta: ¿los estamos arruinando?

Melinda Wenner Moyer recopila la evidencia y la conclusión incomoda a quien vive del titular alarmista. Los chicos de hoy son más empáticos, no menos. Menos narcisistas. Más tolerantes. Consumen menos drogas, menos alcohol, tienen menos embarazos adolescentes. En el famoso test del malvavisco, los niños de 1970 esperaban 3 minutos por el segundo dulce. Los de 2018 esperan más de 8.

El dato que más me detuvo: en 2011 un estudio famoso reportó que la empatía en universitarios estaba en su punto más bajo en 30 años. Ese titular dio la vuelta al mundo. Lo que casi nadie reportó es que la misma investigadora, Sara Konrath, actualizó el análisis años después y descubrió que 2007 fue el piso. Desde entonces, la empatía rebotó por encima de cualquier nivel medido en los 39 años previos. Esa segunda noticia no vendió periódicos.

Recuerdo una conversación con un director de RH de una empresa grande en México hace unos meses. Me decía que su mayor preocupación no era la IA, sino qué tipo de adultos iban a ser los niños que hoy crecen con un teléfono en la mano. La narrativa que él consumía, la que todos consumimos, era de decadencia. La evidencia apunta en la dirección opuesta.

Esto no es un pase libre. La salud mental adolescente sigue siendo un reto serio. Las redes sociales tienen efectos reales, complejos y no lineales. Y los datos son mayoritariamente de Estados Unidos, así que extrapolarlos a Latinoamérica sería irresponsable. La dirección de la tendencia, sin embargo, sí debería hacernos pensar.

Lo que me llevo es que la ansiedad sobre los niños no se resuelve con datos, porque no nació de datos. Nació de un sesgo cognitivo que el propio artículo explica: nuestra memoria infla el pasado y nuestros ojos encuentran los defectos de los demás más rápido que los propios. “Ninguna realidad puede competir con una visión artificialmente elevada del pasado,” dice uno de los investigadores citados. Esa frase aplica a los niños. Y aplica a casi todo lo que decimos de la IA.

¿Qué dato sobre “los jóvenes de hoy” diste por hecho en los últimos meses sin verificarlo?

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#LaPiezaPendiente #TheTranslationGap #IAparaLíderes

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