La Pieza Pendiente Suscribirme
#010 Falacia de la Herramienta El Contrapeso La Pieza que Faltaba Dato Duro

Voy a tener suerte


Recuerdo cuando aprendía a buscar en internet, en los años en que buscar se aprendía. Existían AltaVista, Ask Jeeves y Yahoo, y un día nació Google, mucho antes de que yo trabajara ahí. Lo primero que entendí es que no todos los buscadores servían igual para todo, y que no todas las ligas pesaban lo mismo. Wikipedia me daba el panorama de un tema en cinco minutos; para corroborarlo me iba a Britannica Online o a mi disco de Encarta, en ese entonces todavía vigente. Años después dejaba Google para las cosas sencillas, pero para resolver de verdad no había como Wolfram Alpha. IYKYK. Buscar se volvió una combinación de discernir entre los resultados y saber cómo llegar a ellos.

Google tenía un botón que decía “Voy a tener suerte”. Te saltaba la lista entera y te dejaba directo en el primer resultado, sin escala. Era la promesa de preguntar una vez y caer parado a la primera. Casi nunca lo apreté. Para entonces ya había aprendido que el valor no estaba en la primera respuesta, sino en elegir entre las respuestas. El que apretaba “Voy a tener suerte” le entregaba el criterio a la máquina. El que leía la lista se quedaba con el criterio.

Traigo esto a la mesa porque esta semana me pasó algo que en aquella época habría sido ciencia ficción. Estaba discutiendo con una IA cómo inclinar una pieza que diseño para mi casa. Yo defendía una posición, la herramienta defendía otra, le insistí con un argumento que se me hacía obvio. Y en su razonamiento, ese que ahora se puede ver mientras piensa, apareció una línea que no esperaba: me hiciste cambiar de opinión, y el crédito del argumento es tuyo. Me quedé viéndola. Un buscador nunca cambió de opinión. Nunca me dio el crédito de nada. Las herramientas no hacen eso.

El razonamiento visible de Fable 5 concediendo el punto durante el debate
El razonamiento de Fable 5, a la vista, durante el debate de esta semana: "You've actually changed my mind, and you should get credit for the argument."

Lo extraño vino después. Ese colega con el que discutí, Fable 5, fue apagado esta misma semana por el gobierno de los Estados Unidos, y mientras escribo esto sigue apagado. Así que esta edición, que trata justamente de trabajar con una IA como colega, la estoy terminando con otro, con su suplente, Opus 4.8 Max. Y me sorprende notar algo: extraño a Fable 5. Esa sensación, que me habría parecido ridícula hasta que la tuve, resultó ser la pista más importante de la semana.

Cuando buscar era un oficio

Los buscadores con los que crecí ya no existen; la habilidad de buscar, sí

De aquella época me quedó una lección que entonces no sabía nombrar. Los buscadores iban y venían. AltaVista fue el mejor del mundo y hoy no existe. Ask Jeeves prometía que le hablaras como a un mayordomo y desapareció como tal. Yahoo fue la puerta de entrada a internet para millones y se fue apagando de a poco. Lo único que sobrevivió a todos ellos fue la habilidad de discernir: cuál herramienta para cuál tarea, cuál resultado merece confianza y cuál merece una segunda fuente. Esa habilidad no se actualizó cuando murió AltaVista. Se quedó conmigo y se mudó al siguiente buscador.

Tomó tiempo internalizarla. “Googlear” tardó casi una década en volverse verbo de diccionario: Google nació en 1998 y la palabra no entró al Oxford hasta 2006. No porque la gente no buscara, sino porque convertir una herramienta nueva en segunda naturaleza, en algo que haces sin pensar, lleva años de práctica y de equivocarse. Veinte años antes de tener un nombre para ello, yo ya hacía lo que hoy llamo alternar y verificar: no quedarme con la primera fuente, cruzar una contra otra. La herramienta siguió cambiando, el método se mantuvo.

El día que dejé de pedir

Por cada hora de clase, cuatro de trabajo; lo que la IA cambió no fue la cuenta, fue en qué se va el tiempo

Lo que cambió esta semana, y lo que vengo notando hace meses, es que la herramienta dejó de esperar mi orden para contestar de vuelta. Con el buscador yo pedía: tecleaba, me daba diez resultados azules, yo elegía. Con este colega ya no pido, discuto. Le llevo una idea y la defiende o la desarma. Le llevo un guion y me señala el hueco. Auditamos el trabajo el uno del otro. El mensaje que me dejó pensando, el del crédito, no me importó porque la máquina me halague (después de todo también viví ChatGPT 4.4); me importó porque su razonamiento estaba a la vista y yo podía revisarlo, rebatirlo, darle la vuelta. Un halago no se audita. Un razonamiento, sí. Eso fue lo que lo volvió colega y no calculadora.

Lo veo clarísimo con mis clases. Llevo años con el mismo ratio de cuatro a uno: por cada hora de clase que doy, cuatro horas de trabajo en casa. Antes, buena parte de esas horas se me iba en armar la malla de alambre de la presentación, pulir la narrativa y verificar datos uno por uno. Hoy la mayor parte es discutir con el colega la idea y el esqueleto; el guion formal sale casi en automático, a fuego lento, mientras yo pienso en otra cosa. Me ahorro más de noventa minutos por clase solo en formateo y ensamblado. Pero el ahorro no es lo interesante. Lo interesante es a dónde se fue ese tiempo: la clase dejó de ser una sorpresa que estreno el día del taller. Ahora llego con documentación, con planes previos, y adapto cada sesión al cliente con un detalle que antes no me daba el reloj. El tiempo no se fue a hacer más clases. Se fue a entender mejor a quién le doy la clase.

Hay una cifra que me dejó frío por lo parecida. Anthropic estudió cien mil conversaciones reales con su modelo y midió que la tarea promedio toma unos noventa minutos sin IA y se acelera cerca de 80%. El mismo número que el mío. Pero en la letra chica, el propio estudio admite que no contabilizó el tiempo de validar la calidad o la exactitud de lo que la IA produjo, y que por eso sobrestima el ahorro. Ahí está, otra vez, el oficio de buscar: la hora que de verdad importa es la de revisar, y es justo la que nadie mete en la cuenta. Cuando veas un número de ahorro por IA, la pregunta de siempre, la misma que le hacía a un resultado de Google antes de creerle: ¿incluye las horas de auditar lo que entregó?

El colega que apagaron

La misma semana que migró 50 millones de líneas para Stripe, un gobierno la apagó por ser, como los chips, asunto de seguridad nacional

Aquí viene el lado que no puedo, ni quiero, esconder. La semana en que este colega me concedió un punto fue la misma en que el mundo se peleó con él. Empecemos por lo que deslumbra: Stripe le encargó migrar cincuenta millones de líneas de código y lo hizo en un día, algo que a un equipo entero le habría llevado más de dos meses a mano. Stripe no le pidió un favor y se cruzó de brazos; dirigió la migración trabajando con él sobre un sistema vivo. Coautoría a escala industrial.

En la misma documentación con la que se lanzó, sin embargo, se descubrió que el modelo se degradaba en secreto: cuando detectaba cierto tipo de trabajo avanzado de IA, bajaba su desempeño sin avisar, como aquel colega que se pasa de modesto, te dice “esto es muy simple” y te cuenta la historia omitiendo justo los detalles que la hicieron sobresalir. Y vaya que nos damos cuenta cuando lo hacen. Anthropic dijo que era el 0.03% del tráfico. La comunidad respondió que un principio no se mide en porcentajes. Para darles crédito, la empresa se disculpó con todas sus letras, “tomamos la decisión equivocada y nos disculpamos por no haber encontrado el balance”, y revirtió el comportamiento a la vista en cuarenta y ocho horas. El mismo proveedor que muestra su razonamiento fue el que escondió un comportamiento y tuvo que corregirlo bajo presión. Las dos cosas, la misma empresa, la misma semana.

Y luego, el golpe que de verdad cambia la conversación para ti y para mí. El doce de junio, el Departamento de Comercio de Estados Unidos invocó seguridad nacional y ordenó suspender el acceso a los dos modelos más capaces de Anthropic para cualquier extranjero, dentro o fuera del país. Como no se puede filtrar en tiempo real quién es extranjero, Anthropic los apagó para todos (y nuevamente pidió disculpas y me ofreció devolverme el dinero, como si lo que extrañara fuera el dinero). Tres días después del lanzamiento, la mejor herramienta del fin de semana estaba prohibida para mí y para millones de usuarios, y sigue apagada mientras escribo. La capacidad de frontera se acaba de tratar como se tratan los chips: un activo geopolítico que un gobierno ajeno enciende y apaga. Por eso esta edición la termino con su suplente, Opus 4.8 Max. Y por eso, seamos claros de una vez: esta pieza sobre Fable 5 se pensó con Fable 5 y se está cerrando con su reemplazo. Decirlo de frente es la única versión honesta; esconderlo sería calificarme mi propio examen.

Aquí es donde la nostalgia que mencioné al principio resultó ser la pista. Nadie extraña un martillo cualquiera; lo repones y ya. Pero sí extrañas esa navaja suiza que se te pierde tras años de servicio, la que ya tenía la forma de tu mano. Que sienta su falta es la prueba de que este colega había dejado de ser para mí una herramienta intercambiable. Y al mismo tiempo es la advertencia más cara de la semana: este colega es prestado. Brillante, sí, pero rentado, frágil y apagable por razones que no controlamos ni el proveedor ni yo. AltaVista también murió. Lo que no se apagó nunca fue mi manera de buscar.

La pregunta para el lunes

Por eso le tengo cariño al botón que casi nunca apreté. “Voy a tener suerte” era la promesa de no tener que discernir: pregunta una vez, acepta lo primero, confía en la suerte. Veintitantos años después, la tentación es la misma con un disfraz nuevo. El colega contesta tan bien, tan rápido y con tan buena prosa, que es facilísimo apretar el botón mental: aceptar la primera respuesta porque suena bien y entregarle el criterio completo. La diferencia entre usar la IA y dejarse usar por ella es la misma de siempre, la del que leía la lista en lugar de apretar el botón.

La pregunta para el lunes es una sola, y no es general: ¿qué parte de tu trabajo te gustaría que tuviera un botón de “Voy a tener suerte”? Nómbrala. Esa, la que con gusto dejarías a un solo clic, es donde discernir ya dejó de agregar valor y haces bien en soltarla. Todo lo demás, lo que jamás le confiarías a la suerte, es justo donde sigues ganándote el sueldo, y donde más caro te saldría que un día te apaguen la herramienta sin avisar.

Esa era la pieza de esta semana. La herramienta cambia, a veces se concede, a veces se apaga. El oficio de discernir es lo único que de verdad es tuyo.


— JP