Tres pies al gato
En mi escritorio hay cuatro documentos: un convenio de confidencialidad con la imprenta, un formato de alta de cliente, las condiciones generales de mi editora y una carta de autorización para distribución digital. Son los contratos de La Pieza Pendiente. El libro del que nació este boletín ya va camino a la imprenta, y el plan sigue en pie: sale este otoño. De eso les iré contando más en las próximas semanas, porque esta semana la historia no es el libro, es lo que me pasó firmando.
Hace unos meses les escribí sobre la gente que firma sin leer. Esta semana me pasó exactamente lo contrario, y no estoy seguro de que haya sido mejor. Porque estos son contratos chicos, de los que toda la vida se firmaron con una leída rápida y buena fe: la editorial usa el mismo formato con todos sus autores, la imprenta con todos sus clientes. Hace unos años yo los habría firmado como firmas los términos de una aplicación, directo al recuadro de acepto.
La diferencia es que esta vez yo traía despacho. Le pasé cada documento a la IA y me regresó lo que un abogado cobraría en serio: un memo con análisis por cláusula, la carta de distribución marcada de arriba abajo en control de cambios, observaciones sobre exclusividad, vigencia, a nombre de quién queda el ISBN. Hasta el mensaje de WhatsApp para mi editora salió redactado con pinzas. Me sentí blindado como nunca frente a un contrato.
Nunca había negociado tanto un contrato tan chico. Traía un despacho legal en el bolsillo, disponible a cualquier hora, sin cobrar por consulta, y el despacho encontraba pies por todos lados. Me tomó todo el proceso darme cuenta de que el gato tenía cuatro patas, como todos los gatos. Pero no me adelanto.
Pies por todos lados
lo que pasa cuando revisar sale gratis El uso activo de IA para revisar contratos casi se cuadruplicó en dos años, y ya no lo hacen solo los abogados →
No soy el único con la lupa nueva. En enero se publicó una encuesta a 452 abogados de empresa: el 52% de los equipos legales ya usa o está evaluando IA para revisar contratos, con el uso activo casi cuadruplicado desde 2024. La encuesta la firma una empresa que vende justamente esta tecnología, vale tenerlo en mente, pero la dirección es difícil de discutir: la mitad del mundo corporativo ya trae, o está probando, el mismo despacho de bolsillo que yo estrené con mi libro. Y la otra mitad de la historia pasa fuera de los departamentos legales: compras, ventas, un autor cualquiera con su primer contrato editorial.
La misma encuesta trae el porqué. Revisar un solo contrato le toma a un abogado 3.1 horas en promedio. Ese era el precio del escrutinio: horas facturables. Hoy la primera pasada sale en minutos y casi gratis, y ahí se activa una paradoja famosa con más de siglo y medio de historia. En 1865, el economista inglés William Stanley Jevons observó algo que parecía no tener lógica: las máquinas de vapor se volvieron más eficientes, gastaban menos carbón por hora de trabajo, y el consumo de carbón de Inglaterra, en lugar de bajar, se disparó. Abaratar el uso de algo no hace que lo uses menos: hace que lo uses en todo. Pocas veces la paradoja de Jevons había estado tan vigente como ahora. Un análisis publicado por la London School of Economics describe el mecanismo de fondo: la IA colapsó el costo del análisis experto, que era un bien caro y escaso, y por eso ahora lo aplicamos donde nunca lo habríamos pagado. Es la misma paradoja, aplicada al escrutinio: cuando revisar costaba, elegías qué revisar. Cuando revisar sale gratis, revisas el contrato de la renta, los términos del gimnasio, la carta de tu editorial. Le buscas pies a todos los gatos de la cuadra, porque buscar ya no cuesta.
Lo que antes nadie miraba, ahora tiene control de cambios. Suena a progreso, y en parte lo es. El problema es lo que pasa en la mesa cuando llegas con tus marcas.
LegalOn + In-House Connect: 2026 State of AI for In-House Legal · LSE Business Review: How AI is Changing the Nature of Economic Goods
El gato rasguña
la fricción que no estaba en el contrato La IA marca riesgos que en tu trato no existen, y el roce lo pagas tú →
Mandé mis observaciones. La respuesta de la imprenta fue directa: o firmaba el formato como estaba, o no podíamos seguir adelante. Sin negociación, sin contrapropuesta. Y visto desde su silla lo entiendo: su formato es el mismo para cientos de clientes, y renegociarlo para el tiraje de un autor le cuesta más que lo que vale el pedido. Mi editora fue más paciente, pero el resultado fue parecido: de todas las cláusulas que marqué, no se movió ni una.
Hay una explicación de fondo, y no es que la IA revise mal. TermScout, una empresa estadounidense que se dedica a calificar y certificar contratos, algo así como una agencia calificadora de la letra chica, lleva tres años viendo pasar contratos redactados y revisados con IA, y describe el patrón: los modelos marcan como riesgo lo que se parece a un riesgo en su base de entrenamiento, no lo que tiene sentido en este trato, con esta contraparte, de este tamaño. Por eso levantan focos rojos que en tu contexto no significan nada. Y como cada plataforma se entrenó distinto, una marca como preocupante la misma cláusula que otra da por favorable, así que decidir a cuál creerle exige justo el criterio que la herramienta prometía ahorrarte. El resultado son observaciones técnicamente correctas pero imposibles de aterrizar. Tenga razón la IA o no, la fricción la pones tú, y la paga la relación.
Es como pararte a negociar los términos y condiciones con el repartidor de pizza, con un despacho legal de respaldo. A lo mejor hasta tienes razón en una cláusula. Pero lo único que importaba de ese trato era la promesa de los 30 minutos.
Contar las patas
cuál revisión sí valía la pena Una cláusula sí traía el pie de más: pedía usar mi información financiera “sin restricción alguna” →
Sería fácil cerrar con la moraleja de no le busques tres pies al gato, y sería deshonesto, porque de vez en cuando el gato sí trae un pie de más. El alta de cliente de la imprenta pedía autorización para usar la totalidad de mi información personal y financiera, así, con esas palabras: “sin restricción alguna”. Eso ya no es letra chica estándar, es un cheque en blanco, y sin la revisión lo habría firmado sin verlo. También descubrí que dos de las tres páginas del formato eran para cuentas de crédito que yo no estaba pidiendo. Al final firmé una sola página. Sin el despacho de bolsillo habría llenado las tres, con estados financieros y todo, por pura obediencia al formato.
Y el análisis de las condiciones generales me enseñó cómo se reparte de verdad el precio de portada de un libro entre el canal, la editorial y el autor. No cambié una coma, pero ahora sé qué preguntas hacer cuando lleguen los cortes de ventas. Hay revisiones que no mueven el contrato y aun así te cambian a ti. Ese es el lado que no quiero perder de vista: el que nunca pudo pagar una revisión legal hoy puede defenderse, y eso es un avance real, de los que no se regresan.
La cláusula que más me preocupaba era otra. El contrato de mi editora la deslindaba de responsabilidad si las plataformas en línea llegaban a bajar el libro, y mi despacho de bolsillo la marcó como riesgo abierto. Se lo comenté a ella esperando la negociación difícil. Me lo explicó en una frase, con la paciencia de quien lleva años firmando lo mismo: es un deslinde estándar, el párrafo de cajón en los contratos de distribución, porque la editorial no controla lo que las plataformas deciden hacer con su catálogo. No era tan sofisticado. La IA veía un pie de más; ella veía la pata normal de un gato normal.
Ahí está la brecha de juicio de esta semana. El análisis se volvió gratis; el criterio para saber qué merece análisis sigue costando lo mismo.
Y hay una segunda parte que aprendí en carne propia: el despacho de bolsillo te da argumentos, no palanca. Frente a un formato que firman cientos de clientes, tener razón no cambia el contrato; solo te deja decidir si entras al trato o no. Por eso la pregunta correcta antes de soltar el escrutinio no es qué va a encontrar la IA, sino qué vas a hacer tú con lo que encuentre. Si la respuesta es nada, esa revisión es fricción pura. En el libro le llamo acotar: decidir qué merece revisión antes de pedirla.
El gato tenía cuatro patas
el lunes
Al final firmé. La carta quedó como llegó, el formato de la imprenta intacto, y el libro siguió su camino a la imprenta. Porque eso era este trato para mí: mi pizza en la puerta en 30 minutos. Todo lo demás era letra chica. De las semanas de revisión me quedé con una cláusula que sí valía la pena, un par de lecciones sobre la economía editorial, y esta pieza.
La pregunta para el lunes es una sola. De todo lo que tu equipo va a pasar por IA esta semana, contratos, propuestas, correos de proveedores: ¿cuál amerita el despacho completo, y a cuál le están buscando tres pies nada más porque ya pueden? Si ya tienes un criterio para trazar esa línea, cuéntame cómo lo dibujaste, me interesa. Y si todavía no, empieza con la pregunta que a mí me faltó hacerme antes de mandar mis observaciones: si la IA encuentra algo, ¿qué voy a hacer con eso?
Esa fue la pieza de esta semana. Revisar ya es gratis. Saber qué revisar, todavía no.
— JP