El fondo sigue a la forma
Los arquitectos lo dicen desde hace más de un siglo: la forma sigue a la función. Louis Sullivan, el padre de los primeros rascacielos, lo escribió pensando en edificios, pero el principio gobierna igual a los aparatos: cuando una tecnología encuentra su función, el objeto entero se acomoda alrededor de ella. Por eso los teléfonos se pelearon una década entera en la cámara, hasta que unos megapixeles más o menos dejaron de hacer diferencia en el mundo cotidiano. Cuando eso pasa, la innovación no se acabó, sino que la función se mudó de lugar.
Estos días estoy probando un teléfono plegable nuevo, como parte de una colaboración con Samsung (tenlo en mente al leerme). Del aparato me interesa una sola cosa, la que en la ficha técnica parece el ajuste más aburrido: cambió la proporción de la pantalla.
Entendí ese ajuste esta semana en un Uber, cruzando la Ciudad de México con dos versiones de la escaleta de una sesión (el guion por bloques: qué va, en qué orden, cuánto dura) y la necesidad de encontrar las diferencias entre una y otra. En una pantalla de teléfono normal, angosta, ese trabajo es un suplicio: una versión, memoria, la otra versión, de regreso. Abierto, el plegable puso las dos escaletas lado a lado, como páginas enfrentadas de una libreta, y las diferencias aparecieron. La proporción aburrida resultó cargar la función completa: un trabajo que antes exigía escritorio cupo en el asiento de atrás de un coche.
Y ahí está el porqué de esta edición: hoy genero más contenido que nunca, editorial, de trabajo y de comunicación con los que más quiero, casi siempre con ayuda de la inteligencia artificial. El cuello de botella ya no es producir sino evaluar lo producido, y evaluar pide una forma concreta: dos columnas y un ojo cruzando entre ellas. La IA se vendió como un cambio de fondo, qué puede hacer la máquina, y su efecto más visible está siendo de forma: cómo se ven nuestras pantallas, cómo nos hablan los aparatos, cómo se anuncian los resultados y hasta cómo hablamos nosotros. La forma sigue a la función, y la función acaba de cambiar de lugar. De eso va la pieza de esta semana.
La remodelación
la obra ya empezó el prompting agoniza, el micrófono le gana terreno a la cámara, y la voz se retira justo de donde hay que cotejar →
Cuando los coches se volvieron eléctricos no solo cambió el motor: cambió el dibujo completo. La parrilla del frente se encogió hasta volverse decorativa, el cofre se convirtió en cajuela extra y el piso quedó plano porque las baterías viven abajo. La función nueva remodeló el objeto entero, y la cara nueva se puso de moda hasta en los coches de gasolina. A la inteligencia artificial le está pasando lo mismo con nuestro producto más íntimo, el teléfono.
Hoy en la mañana participé en un panel de expertos en el día de inmersión de inteligencia artificial de una multinacional, y ahí coincidimos en algo que hace un año habría sonado a provocación: las fórmulas y los cursos de prompting ya no pagan lo que prometen. Mi apuesta en el escenario fue más lejos: en ese mismo foro, hace un año, cómo redactabas la pregunta pesaba muchísimo; hoy pesa poco, y en seis meses va a ser casi nulo. Los modelos de este año están optimizados para trabajar como agentes, y eso implica, por diseño, que se promptean solos. Lo que importa ahora es qué pueden ver: describirle de memoria tu CRM (el sistema donde llevas el registro de clientes y ventas) pierde contra darle acceso directo, aunque le expliques menos. Suena contraintuitivo con tanto curso todavía en el mercado, pero la primera capacidad de un modelo de lenguaje es entender el lenguaje: la IA ya nos entiende mejor de lo que nosotros nos expresamos.
En mi propio día eso ya es rutina. Dicto cuando necesito aterrizar una idea larga, el arranque de un proyecto, un contexto complejo que fluye mejor hablado que tecleado. Uso el modo de conversación cuando estoy con alguien más, para explorar un tema a dos voces o para zanjar disputas de la mayor seriedad, como cuál es el mejor jugador de Street Fighter, con mi hijo. No somos pocos: cada semana, más de 150 millones de personas hablan con ChatGPT por voz y dictado, declaró la propia OpenAI en julio; más gente que toda la población de México, hablándole a la máquina en su idioma. El sueño cumplido de lo que en el libro llamo el problema del idioma. Pero la interrumpo en el segundo exacto en que necesito ver para juzgar: cuando quise comparar los niveles de vacunación de los países de la OCDE (el club de las economías más desarrolladas) para ubicar dónde quedó México, o cuando un amigo vino de visita jurando que en Singapur todo va de lujo y pusimos el crecimiento del PIB per cápita (lo que produce un país repartido entre su gente) de allá junto al de acá. Las gráficas no se oyen bien todavía.
Los números le dan la razón a esa maña. El renglón que casi nadie leyó del IV Informe sobre Inteligencia Artificial de InfoJobs (España, febrero 2026) cuenta que en el trabajo los asistentes de voz van de salida, de 24% a 20% en un año, mientras el chat de texto subió de 44% a 52% (es una sola encuesta y no publican cómo la hicieron, así que tómalo como pista y no como prueba). La voz se esfuma al terminar de sonar y no deja renglón al que volver; producir por voz ya funciona, cotejar exige ver dos cosas al mismo tiempo.
Y el aparato se está remodelando alrededor de esas dos funciones. Quién nos hubiera dicho hace unos años que las texturas, la proporción de la pantalla, las bocinas y el micrófono volverían a pelearle el reflector a la cámara. Y si la tendencia sigue, mañana compraremos teléfonos por sensores que no nos ayudan a nosotros directamente, sino a la IA que nos asiste: un medidor láser de distancias como el de los coches autónomos, o esos micro radares que llevan una década buscando chamba en las expos de tecnología. Yo ya lo veo en mis mañas de bolsillo: el formato chico es más cómodo de traer, para una foto en serio todavía regreso al otro teléfono, y los días en que sé que voy a retratar ya cargo hasta mi cámara Fuji, desafiando el dicho ancestral de que la mejor cámara es la que traes contigo. Aun así me descubro queriendo volver al formato nuevo, porque es más agradable de mirar y de interactuar aunque no tenga todas las funciones. La proporción le viene ganando a la cámara en mis decisiones de cada día: la obra respondiendo a la función de juzgar.
El muro de carga
el estreno que se deja abrir diez problemas abiertos, cero calificaciones: el estreno de modelo que cualquiera puede verificar en su laptop →
La remodelación no se queda en la utilidad cotidiana. La IA está expandiéndose hacia disciplinas cada vez más avanzadas, y ahí el estándar se invierte: resolver deja de ser la noticia; lo importante es poder juzgar lo resuelto. El mejor ejemplo llegó el 1 de agosto: OpenAI presentó Astra, una versión interna de su siguiente modelo, y rompió la forma en que la industria estrena estas cosas. Nada de calificaciones de examen ni gráficas de barras contra la competencia. Publicó diez problemas abiertos de matemáticas y computación teórica, todos con al menos una década sin respuesta (uno abierto desde 1999), resueltos y acompañados de certificados en Lean, un lenguaje donde una computadora verifica una demostración paso a paso, en un repositorio público que cualquiera puede descargar y correr. El cómputo de las diez soluciones costó, según las cuentas de la propia OpenAI, unos 2,000 dólares en tarifas de API: unos 35 mil pesos por respuestas que llevaban años sin dejarse comprar a ningún precio. El modelo no está a la venta; lo que se publicó son los archivos.
Una calificación de examen es una afirmación de viva voz: la escuchas y decides si la crees. Un certificado se coteja: lo pones junto al verificador y lo corres tú. Un laboratorio eligió, por primera vez para estrenar un modelo, la forma que se deja auditar.
Me queda claro, el certificado garantiza que la demostración está completa, sin pasos flojos ni huecos. Lo que no garantiza es que la pregunta que respondió sea la que de verdad importaba responder, ni que el resultado le sirva a alguien. Eso sigue siendo juicio humano experto, y ninguno de los diez ha pasado por revisión de pares. La brecha de juicio es el muro de carga: no viene en el archivo y no se puede tumbar.
Y hay un gremio que ya había exigido exactamente esto, por escrito y dos meses antes. El 2 de junio, 16 investigadores de 15 universidades publicaron la Declaración de Leiden sobre inteligencia artificial y matemáticas, respaldada por la Unión Matemática Internacional, el organismo que gobierna la disciplina. No pide prohibir la IA: pide normas sobre cómo se anuncia lo que produce, porque los resultados se están comunicando por comunicado de prensa, en tiempos comerciales, saltándose a la comunidad. Leída junto al estreno de Astra, la declaración deja el saldo exacto: OpenAI respondió media objeción. El archivo ya se deja abrir; el anuncio sigue siendo un comunicado. Ulrike Tillmann, vicepresidenta de la unión, lo dijo casi con el vocabulario de esta casa: el futuro de la investigación matemática debe guiarse por el juicio humano.
OpenAI: Ten advances in mathematics · GitHub: openai/ten-proofs (certificados Lean, licencia Apache 2.0) · Leiden Declaration on AI and Mathematics · Universiteit Leiden: la declaración y sus cinco amenazas
El acento que se pega
cuando el edificio nos empieza a diseñar 737 mil horas de podcasts: las palabras favoritas de ChatGPT ya se oyen en voces humanas →
A veces la forma que entra a remodelación es la nuestra. El idioma siempre ha tomado prestado de lo que lo rodea: Cantinflas nos dejó el verbo cantinflear, el teléfono nos enseñó a contestar con “bueno”, y cada tecnología que pasa deja su marca en cómo hablamos. El préstamo nuevo viene directo del uso de la IA, y ya se midió.
Un preprint del Instituto Max Planck (Yakura y colegas, versión de julio de 2026), un estudio que todavía no pasa revisión de pares, analizó 737,083 horas de conversación en 824,634 episodios de podcast: más de ochenta años de habla continua. Las palabras favoritas de ChatGPT en inglés (delve, showcase, meticulous, intricacies) subieron de golpe en el habla humana real después de su lanzamiento, con controles que apuntan a que el acento viene de la máquina y no de una moda compartida. Pedimos durante años que la máquina hablara nuestro idioma. Lo logró, y ahora el nuestro empieza a parecerse al de ella.
Y no se queda en palabras: se está pegando el ritmo. Los guiones largos, esa puntuación favorita de los modelos, yo ya los oigo hablados: la pausa dramática a media frase, dos veces por párrafo. Y el “no es esto, es aquello”, la fórmula de remate que delata a un texto generado, ya me la encuentro dicha en voz alta en presentaciones y en juntas. En esta casa la tenemos prohibida en lo escrito justamente por sonar a máquina; nunca pensé que acabaría oyéndola en vivo. Churchill lo dijo de los edificios: les damos forma, y después ellos nos dan forma a nosotros.
El idioma siempre ha sobrevivido a sus prestamistas: el telégrafo compactó la prosa, el mensaje de texto parió el “xq” y el “tqm”, y los 280 caracteres nos enseñaron a rematar. Ninguno lo mató, y este tampoco lo va a matar. El foco rojo no es que la forma cambie, sino cambiar sin darnos cuenta de quién mueve la pluma y hacia dónde. El estudio sigue siendo un preprint; el fenómeno, de todas formas, lo puedes cotejar esta semana en tus propias juntas.
Las diferencias que encontré
el lunes
Las diferencias entre las dos escaletas las encontré en el asiento de atrás de un Uber, usando una técnica más vieja que cualquier modelo: el encuentra-las-diferencias que jugaba de niño en las revistas y en los menús para niños de los restaurantes. Dos dibujos casi iguales, lado a lado, y el ojo cruzando de uno a otro. De oído no habría encontrado ninguna: una escaleta leída en voz alta siempre suena bien, porque todo suena bien cuando no hay contra qué verlo.
Los arquitectos tenían razón, y el dicho también corre al revés: la forma que tengas a la mano decide qué función puedes ejercer, y el juicio solo empieza cuando pones la segunda vista.
La pregunta para el lunes es el mismo ejercicio que hice yo en el asiento de atrás: toma la próxima propuesta importante que te entregue la inteligencia artificial y no la leas sola. Ponla junto a su versión anterior y busca las diferencias como en el juego de los dos dibujos; si no hay versión anterior, sirve la fuente o el documento del que salió. El aparato es lo de menos: dos ventanas lado a lado en cualquier monitor hacen el mismo trabajo. Si ya trabajas así, cuéntame qué ha cachado tu segunda vista que la primera juraba que estaba bien. Y si nunca lo has hecho, empieza por el documento que vas a aprobar esta semana.
Porque la pieza pendiente de esta semana es la elección: aplicar el juicio a lo producido, ahora que producir es lo que menos trabajo cuesta.
Esta edición va dedicada a mi querido tío Pepe, arquitecto, que en muchas pláticas me enseñó que en la arquitectura también pasa al revés: el fondo sigue a la forma. Felicidades por tu cumpleaños, tío.
Esa fue la pieza de esta semana.
— JP