La Pieza Pendiente Suscribirme
#014 Falacia de la Herramienta Dato Duro El Contrapeso

¿Cocinas o pides?


Hace unos días estaba limpiando el disco de mi computadora. Necesitaba espacio porque quiero instalar Qwen, uno de los modelos de inteligencia artificial abiertos que puedes descargar y correr en tu propia máquina, sin suscripción y sin mandarle tus datos a nadie. Llevo semanas haciendo cuentas para eso: lo probé en su versión en línea, me convenció, y para correr los tamaños de más parámetros coticé una ROG Flow Z13, una tableta gamer con 128 gigas de memoria unificada, la que comparten el procesador y la gráfica: justo donde un modelo grande necesita caber. Ocho veces la memoria de una laptop corporativa típica, arriba de 60 mil pesos. También miré una MacBook Pro con esas características: pasa de los 120 mil. Así que mientras me decidía, empecé por hacerle lugar al tamaño chico.

El limpiador de disco me marcó un archivo de 4 gigas que yo no reconocía. Se llamaba weights.bin, vivía en una carpeta con nombre de contraseña de módem, OptGuideOnDeviceModel, y tenía fecha de diciembre de 1979, casi veinte años antes de que existiera Google. Lo primero que pensé fue lo que habrías pensado tú: un virus. No era un virus: era un modelo de inteligencia artificial, uno que yo no instalé. El que Chrome descarga solo, de fábrica, en casi cualquier máquina reciente donde vive.

Fue como si quisiera meterle mi propia despensa al refrigerador y me encontrara un cajón lleno de comida que yo no compré.

De eso se trata la pieza de esta semana: de un proceso que se asemeja a la decisión que cualquier hogar moderno toma todas las noches a la hora de cenar, ¿cocinamos o pedimos? Con la inteligencia artificial en 2026 la respuesta corta sigue siendo pedir: es cómodo, llega rápido y la cocina de ellos es mejor que la tuya. La respuesta larga es que en las últimas semanas me pasaron tres cosas que me hicieron revisar la cuenta.

El menú cambió antes de que llegara tu plato

Un estudio siguió citas web durante veinte años: una de cada cinco fallas ya no es la liga muerta, es la página que responde y ya no tiene lo que citaste →

Como cuando pides un platillo por un ingrediente y al destaparlo te das cuenta de que ya no viene incluido. En la Ciudad de México los teppanyaki venían con brotes de bambú; un día dejaron de llegar. Los extraño. Hace una semana me puse a verificar las fuentes de este boletín, las 154 ligas de todas las ediciones, y me encontré la versión seria de los brotes de bambú. Siete de esas ligas respondían perfectamente bien y llevaban al lugar equivocado: un estudio que decía lo contrario de lo que yo citaba, una carta que no era el estudio, una nota que hoy contradice el dato que sostuve con ella, y ahí el archivo histórico me enseñó lo incómodo: la nota no cambió, yo cité mal desde el principio. La que más me dolió: una cifra que atribuí a una consultora grande resultó no existir en ninguna fuente original. Solo vive en blogs, sin fuente original a la vista. Pedí de una cocina fantasma: el restaurante existía en la app, con foto y reseñas, pero nadie ha visto la cocina. Y aparte encontré páginas de proveedores que sí reescribieron sus cifras después de mi cita, sin dejar rastro. Corregí en público: desde ahora, las correcciones y los cambios quedan escritos en las fuentes de cada edición en lapiezapendiente.com, y me quedó una costumbre nueva que abajo te comparto.

Pensé que me había pasado por descuidado. Resulta que le pasa a internet completo. Un estudio publicado este año siguió veinte años de citas web en revistas de bibliotecología, justo el gremio que estudia cómo se guarda el conocimiento: las ligas de menos de cinco años responden el 87% de las veces, las de más de diez solo el 38%, y una de cada cinco fallas ya no es la página muerta: es la página que responde, pero ya no te puede servir lo que citaste. El Pew Research Center lo midió del lado del lector: el 38% de las páginas que existían en 2013 ya no existen, y el 23% de las páginas de noticias tienen al menos una liga rota. La evidencia con la que decidiste no está esperándote a que regreses a verificarla.

Las páginas también se corrigen por buenas razones, una errata, un dato actualizado, y tu captura puede congelar justamente la versión equivocada, así que archivar no sustituye el criterio. Pero la asimetría es real: la página puede cambiar y tú no tienes ni cómo probar qué decía. Por eso la costumbre nueva: cada fuente que cito se archiva ese mismo día en el Internet Archive, y de lo importante me quedo captura con fecha. Es el equivalente exacto de la captura de pantalla que le tomas a la promoción antes de ordenar, porque cuando reclamas, la promo ya no existe y la app te enseña un menú que jura haber sido siempre así.

La cuenta de pedir a diario

El 24 de julio, dos proveedores retiran el mismo día nombres y modos que miles de sistemas ya integraron →

La segunda cosa fue la cuenta. Hace unas semanas nos preguntábamos cuánto cuesta pensar. La pregunta de esta semana es distinta: quién decide el precio, y quién decide la carta.

Mira lo que hizo el menú nada más en lo que va del año. El modelo estrella de OpenAI cambió hace cinco días: el nuevo cuesta 5 dólares por millón de tokens de entrada y 30 de salida, los pedacitos de texto con los que estos servicios cobran, y el desempeño del que era el estrella hoy se vende a la mitad de lo que costaba. DeepSeek fue en sentido contrario: el descuento del 75% que iba a vencer en mayo se volvió permanente y su modelo insignia quedó en centavos; hasta la línea del vencimiento desapareció de su página de precios sin aviso, el menú reescribiéndose en silencio, otra vez. Y el 24 de julio pasan dos retiros el mismo día: DeepSeek jubila los nombres técnicos con los que miles de sistemas se conectan a sus modelos, y Anthropic retira el modo rápido de su modelo anterior. Avisaron con anticipación, meses en un caso y semanas en el otro. Si tu operación está conectada a cualquiera de los dos, el ajuste es chico para tu equipo técnico, pero solo si se entera a tiempo: tiene hasta el 24. Y aunque no te conectes directo a ninguna de esas cocinas, tus proveedores de software sí piden de ellas; el cambio de menú te llega por rebote, dentro del sistema que ya rentas.

Un hallazgo interesante para mí: si medimos por unidad de inteligencia, pedir está más barato que nunca, así que el argumento no es de precio, sino de control. El precio, la carta y hasta el nombre del platillo los decide alguien más, con un aviso en su página y sin tu firma. Puede subir, puede bajar, puede desaparecer. La variable no la mueves tú.

Los modelos locales son cocinar en casa, y por primera vez son una alternativa seria: Qwen, el que quiero instalar, se publica con licencia abierta, gratis, para uso comercial incluido. Pero la estufa no es gratis. Un análisis académico publicado en arXiv le puso números a la cuenta completa: los modelos medianos piden dos tarjetas de cómputo de las grandes, unos 30 mil dólares de fierro, más de medio millón de pesos, y para un equipo que los use todo el día, todos los días, la inversión se recupera en meses; con uso tibio, tarda años en salir a mano. Mi versión doméstica de esa cuenta, en otra escala, son los sesenta y tantos mil pesos de la tableta que coticé para los tamaños grandes. Y el fierro es la parte fácil: falta el ingeniero de guardia, el mantenimiento, y aceptar que lo tuyo corre uno o dos pasos atrás del restaurante. Para la mayoría, pedir sigue ganando. Comprar la estufa tampoco te compra el sazón: en el libro le llamo la falacia de la herramienta, y aplica igual cuando la herramienta pesa 30 mil dólares.

La cuenta que sí te toca hacer es otra: cuáles de los platillos que tu operación pide a diario son tan tuyos, tan de todos los días o tan delicados que ameritan cocina propia. Esa lista casi nunca es todo, y casi nunca es nada.

Lo que apareció en mi refri

Son 4 gigas, se ven en chrome://on-device-internals y se reinstalan si los borras; apagarlos tiene truco →

Y la tercera cosa fue el cajón del refri. El archivo de 4 gigas que encontré es Gemini Nano, el modelo que Google incluye con Chrome para tareas de inteligencia artificial dentro del navegador. No pasó por ninguna pantalla de instalación: llegó solo, como llegan los parches de seguridad. Puedes verlo en tu propia máquina escribiendo chrome://on-device-internals en la barra de direcciones. Y tiene una propiedad que mi despensa no tiene: si lo borras, se vuelve a descargar solo, salvo que sepas dónde apagarlo, y no está en el menú de configuración: vive en la página de experimentos del navegador (chrome://flags).

No es una rareza de Chrome: las laptops nuevas con Windows y chip de inteligencia artificial, las que venden como Copilot+, reciben su propio modelo por Windows Update, y las Mac y los iPhone traen el suyo de fábrica. Una computadora corporativa de las nuevas puede traer varios gigas de modelos preinstalados, y en la mayoría de las empresas nadie los tiene en el inventario. En el libro le llamo IA fantasma: la que trabaja en tu organización sin que nadie la haya dado de alta. Hasta ahora el caso típico era el empleado con su cuenta personal de ChatGPT. Esta semana me encontré el caso más literal posible: la que viene en la caja.

Un modelo que corre en tu máquina procesa sin mandar nada fuera: para privacidad es mejor ingrediente que muchas de las suscripciones que tu empresa ya paga. Un ingrediente así en mi refri no es mala idea. El foco rojo no es que exista; es que nadie tocó el timbre para avisarte, ni a ti ni a tu equipo de sistemas, y un ingrediente que no sabes que tienes es un ingrediente que no puedes decidir si lo usas, lo apagas o lo dejas.

La cuenta de la casa

Mi disco quedó limpio y el desenlace es poco heroico: no instalé Qwen. Por ahora me quedé con la versión en línea, porque hice mi cuenta y todavía no cruza el punto donde cocinar me gana a pedir. Y el archivo de Chrome lo dejé donde estaba: ya sé qué es, ya sé cómo apagarlo, y es el único ingrediente de mi refri que ahora tengo decidido a sabiendas. No te voy a decir que cocinar es para todos, porque no lo es: exige equipo, tiempo y un sazón que se entrena. Pero después de esta semana estoy convencido de una cosa: hay un momento en el que pedir ya no sale a cuenta, y ese momento no te lo va a avisar la app. Se descubre haciendo la cuenta tú, con tus platillos, tus volúmenes y tus datos en la mesa.

La pregunta para el lunes va en dos partes. Primero el refri: pregúntale a tu equipo de sistemas qué modelos preinstalados viven hoy en las máquinas de la empresa; que la respuesta esté en el inventario y no en una carpeta con nombre de contraseña. Y luego la carta: de todo lo que tu operación le pide a diario a un proveedor de inteligencia artificial, ¿cuál platillo te dolería más si mañana cambia de precio, de nombre o de menú? Si ya cocinas algo en casa, cuéntame qué plato moviste primero y cómo te salió la cuenta, me interesa. Y si hoy pides todo, empieza por saber qué capturas de pantalla deberías estar tomando.

Esa fue la pieza de esta semana. Cocinar no es para todos. Hacer la cuenta, sí.


— JP