Cambiar tu teclado
En la secundaria me tocó la última generación de las máquinas de escribir. La clase se llamaba taquimecanografía, y la mía era una Olivetti con una lección incluida que en ese momento no supe leer: si escribías demasiado rápido, se trababa. Dos martillos salían al mismo tiempo, chocaban a medio vuelo, y la velocidad que tanto te habían pedido se convertía en el problema.
Poco después me tocó ayudar a la escuela a cambiar esas máquinas por computadoras. En el mismo proceso, la clase de taquigrafía desapareció: una habilidad completa se evaporó con el cambio de plataforma. Y mi mecanografía quedó trunca. Aprendí a escribir rápido pero nunca bien, y así me quedé más de veinte años, porque sentarse a reaprender a teclear es de esas cosas que uno siempre deja para después.
La pandemia me dio la oportunidad de saldar esa cuenta. Google, donde trabajaba entonces, abrió un presupuesto para mejorar la ergonomía del trabajo remoto, y yo lo convertí en un proyecto para matar varios pájaros de un tiro: aprender a escribir bien de una vez, estrenar un teclado ergonómico que se veía y sonaba increíble, y hacerlo de la manera más óptima posible.
Compré un ErgoDox EZ, un teclado partido en dos mitades, una para cada mano, con todas las teclas en blanco: ni una sola letra impresa. El mapa de teclas vivía en una hoja impresa a un lado de la pantalla. Y de paso cambié el acomodo de las letras: dejé el de toda la vida, ese que arranca con Q, W, E, R, T, Y en la fila de arriba y que por eso llaman QWERTY, por Colemak, otro acomodo diseñado ya en este siglo pensando en la comodidad de las manos. No soy ingeniero, pero con determinación todo se puede: me puse una regla simple, mediría mis palabras por minuto, y si el cambio no valía la pena, al menos me quedaba un gran teclado.
Me arrepentí el primer mes. Mi velocidad se desplomó y la productividad lo resintió de inmediato. En lugar de dibujar bocetos entre juntas, practicaba en Monkeytype, una página para ejercitar la velocidad al teclear. Tardé seis meses en volver a mis 45 palabras por minuto de antes. Al año estaba en 65.
Seis meses me costó cambiar de teclado. Cambiar de motor de inteligencia artificial no me cuesta ni el mapa impreso.
De ahí viene la pieza de esta semana: de por qué en el software la inercia siempre había ganado, y de por qué en la inteligencia artificial va perdiendo. Todavía.
Todos escribimos en la misma caja
la lealtad, con números OpenAI perdió casi la mitad de su participación empresarial en dos años, y un motor recién estrenado se saturó a los tres días de abrir →
Lo más cercano que tiene la inteligencia artificial a un teclado es la caja de texto donde le preguntamos a nuestro agente de confianza. Y se ve casi siempre igual en todas partes: el chat de OpenAI, el de Anthropic, el de Google, el del laboratorio chino que se estrenó ayer. Escribes, das Enter, esperas. Cambiar de motor no reeduca la mano. La interfaz convergió antes que el mercado, y por eso mudarse no se siente como cambiar de teclado sino como cambiar de silla.
Esa facilidad ya está medida. Por gasto empresarial en modelos de lenguaje, según la encuesta de Menlo Ventures a casi 500 decisores en Estados Unidos, OpenAI pasó de 50% en 2023 a 27% hoy; Anthropic subió de 24% a 40% en el último año; Google trepó de 7% a 21% desde 2023. El líder perdió casi la mitad de su participación en dos años. En el buscador o en la paquetería de oficina, un movimiento de ese tamaño habría sido la noticia de la década; aquí fue una encuesta más.
Y la semana pasada lo vi pasar en mi propio feed. Moonshot abrió el acceso a Kimi K3 y al tercer día tuvo que pausar las suscripciones nuevas: 48 horas de demanda le habían saturado las GPUs. Un motor que hace un mes ni existía, sepultado en avalancha por usuarios dispuestos a estrenarlo esa misma tarde.
Me queda claro, cambiar así de fácil es pura racionalidad mientras el mercado mejore cada semana. Casarse hoy con un proveedor tiene otro nombre: candado voluntario.
Menlo Ventures: The State of Generative AI in the Enterprise (2025) · PYMNTS: Moonshot halts new Kimi K3 subscriptions as demand overwhelms compute
El teclado que no elegimos
la memoria muscular del software Google paga unos 20 mil millones de dólares al año por venir de fábrica; el QWERTY lleva siglo y medio instalado →
Aquella Olivetti trabada explica más del software de lo que parece. El acomodo QWERTY se diseñó en el siglo XIX exactamente para ese problema: separar las letras frecuentes para que los martillos no chocaran entre sí. Los martillos empezaron a desaparecer hace medio siglo. El acomodo sigue en tu laptop, en tu teléfono, en pantallas de vidrio donde ya no hay nada que se pueda trabar. Nadie lo eligió: venía de fábrica, y reaprender costaba más de lo que cualquiera estaba dispuesto a pagar. Yo tardé más de veinte años en pagarlo.
Así ha funcionado la lealtad en el software que conocemos: nunca fue amor sino memoria muscular, más el costo de la mudanza. Google lleva una década clavado arriba del 89% de la búsqueda (90.46% este mayo, según StatCounter), con Bing y DuckDuckGo empujando años sin mover la aguja. Y el lugar de fábrica tiene precio de lista: unos 20 mil millones de dólares al año le paga Google a Apple por ser el buscador con el que tu iPhone sale de la caja. Un juez ya le prohibió la exclusividad; el default sigue ahí. Lo mismo con la paquetería de oficina: tus archivos, tus macros y tus integraciones son las teclas que tus manos ya conocen.
En inteligencia artificial, ese lugar de fábrica está vacante, y la guerra por ocuparlo apenas empieza: Copilot embutido en la paquetería, Gemini preinstalado en el navegador y en el teléfono. El regulador francés ya vio venir la jugada: su dictamen de julio sobre agentes de inteligencia artificial (tres empresas concentran más del 84% de ese mercado) pone el foco justo en la colocación por defecto.
La inercia del software viejo tampoco es tontería. Migrar la paquetería de una empresa cuesta de verdad: riesgo, reentrenamiento, integraciones que se rompen. Quedarse suele ser una decisión racional. Cambiar por moda también tiene factura.
StatCounter: Search engine market share · 9to5Mac: Just one word in the Google antitrust ruling was worth $20B a year to Apple · Autorité de la concurrence: dictamen 26-A-05 sobre agentes de IA
Estamos reaprendiendo a teclear
el costo de salida 89% cree que podría cambiar de proveedor en un mes; de los que lo intentaron, 58% chocó con la pared →
Si cambiar no cuesta nada, ¿de qué va a vivir la lealtad? De un costo de cambio que se está construyendo ahorita mismo, capa por capa. La memoria de tu asistente, los proyectos, el historial de conversaciones, los agentes que configuraste, las integraciones con tu correo y tu calendario. Mi ErgoDox tiene capas: mundos completos de teclas que no se ven pero que mis dedos ya saben invocar. Tu proveedor de inteligencia artificial te está enseñando las suyas cada semana, y ese teclado no trae mapa impreso a un lado.
Lo que pasa cuando intentas soltarlo ya está medido. Zapier encuestó a 542 ejecutivos en Estados Unidos: 89% cree que podría cambiar de proveedor de inteligencia artificial en un mes o menos. De los que de verdad lo intentaron, a 58% le falló o le costó mucho más de lo previsto. Y tres de cada cuatro (74%) admiten que su operación quedaría interrumpida si perdieran a su proveedor principal. La encuesta la firma una empresa que vende automatización entre herramientas, así que la moraleja de no casarte con nadie le conviene; tenlo en mente al leerla. El hallazgo robusto es la brecha: 89% cree que su curva sería de un mes. Los que empujaron la puerta descubrieron su versión de mis seis meses.
Hasta lo abierto trae candado en espera: los pesos de Kimi K3 salieron el lunes bajo una licencia propia que concede casi todo, hasta que creces. Si vendes el modelo como servicio y tu grupo factura arriba de 20 millones de dólares al año, toca negociar un acuerdo aparte con Moonshot; el uso interno queda exento. El costo de salida no se descubre al descargar sino al facturar.
El asistente que te conoce sirve más, y esa parte es real: la memoria y el contexto también te dan valor a ti, no solo al proveedor. Un candado elegido es ergonomía; el que no elegiste es el foco rojo: el costo de salida que descubres hasta que quieres salir. Yo elegí el mío con el mapa impreso a la vista y un medidor de palabras por minuto en la pantalla.
Zapier: AI vendor lock-in survey · BusinessWire: metodología de la encuesta de Zapier (n=542) · Moonshot AI: Kimi K3 en Hugging Face (archivo LICENSE)
Mis sesenta y cinco palabras por minuto
el lunes
El ErgoDox sigue en mi escritorio y lo uso casi a diario. En el camino me metí a un club de teclados mecánicos de la oficina, y llegué a armar uno desde cero, soldando conector por conector, diodo por diodo. Era demasiado hasta para mí; regresé al mío (que no se nos suba). Hace poco se le sumó un ZSA Voyager que atrae más miradas en la oficina que cualquier laptop.
Y el cambio no me encerró: cuando no tengo mi súper teclado, sigo tecleando a mis 45 palabras por minuto de siempre. Quedé bilingüe de teclados. La que no corre con esa suerte es mi esposa: cuando me ayuda a escribir algo en mi teléfono mientras manejo, no pasa lo mismo. Mi acomodo, el que a mí me da velocidad, a ella le queda extranjero. Un teclado hecho a tu mano es tuyo y de nadie más.
La diferencia entre mis candados y el que se está construyendo en tu operación es una sola: los míos los elegí yo, con números en la pantalla. Supe desde el día uno cuánto me estaba costando el cambio y supe el día exacto en que lo recuperé.
La pregunta para el lunes es esa misma cuenta, aplicada a tu empresa: si mañana te cambiaran el motor de inteligencia artificial, ¿cuánto tardaría tu equipo en volver a su velocidad? Y no lo estimes de cabeza, que eso hizo el 89%: mídelo. Una tarde, otro motor, las tareas de siempre, reloj en mano. Si la respuesta es “nada”, estás en la ventana buena: aprovéchala para probar y negociar, porque no va a durar. Y si la respuesta ya se mide en meses, ahí tienes tu lista de lo que te ata: revísala y separa los candados que elegiste de los que se instalaron solos, de fábrica. Si ya hiciste esa cuenta en tu operación, cuéntame qué encontraste, me interesa. Y si nunca la has hecho, esta semana es buen momento: medir mis palabras por minuto fue lo que me dejó cambiar sin miedo.
Esa fue la pieza de esta semana. Cambiar siempre cuesta. Lo caro es no saber cuánto.
— JP